Publicado el julio 23rd, 2012 | por De Garage

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Mirando el atardecer por la ventana

Ámbar tiene nuevo disco, diez canciones que condensan el sonido del cuarteto. Letras optimistas, mayor anclaje armónico y la potencia característica de siempre en un viaje hacia la superación.

Por Gonzalo Bustos

Cuenta la historia que corría el otoño de 2011 cuando Ámbar estaba por entrar a registrar “El viajero de las olas”, su segundo disco. Los árboles morían con el caer de sus hojas que teñían de dorado las calles de la ciudad cuando comenzaron los problemas. El grupo sufrió la baja de dos partes claves: primero fue su baterista, luego, su guitarra.

Ahora, un año después, Matías Monzón, (voz y guitarra), recuerda ese momento mientras ceba mate desde la mesa de su computadora. “Fue complicado porque fueron dos bajas. Porque se te va la bata y te des-estructura todo. Y justo cuando estábamos ahí de grabar. Pegado fue lo de Mati Torres (ex violero). Fue la primera persona con la que arrancamos. Nos planteamos si reemplazarlo o no. Primero estaba empecinado en incorporar otra viola para tener más power. Tuvimos un par de reemplazos. Hubo un pibe de Bernal (Litio, quien aparece en los agradecimientos del disco) que era genial. Tocamos con él en El Favero. Fue una bestia. Pero como vivía lejos no funcionó. Después quedó mi viola sola. Me sentí cómodo, fue sonando bien y ya fue. Le buscamos la vuelta para que cierre y es lo suficiente. Aunque ahora hay menos distorsión”.

Corrieron los días, pasaron las semanas, pasó la tempestad y los árboles huérfanos acompañaron el viaje de Ámbar por ese mar que se encontraba revuelto. El primer sofocón lo pasaron cuando la formación quedó establecida: Monzón como voz y ¡única viola!, Emilio Barrientos en el bajo, Pablo Torinetti dando el toque armónico con sus teclados y Fede Torinetti sosteniendo todo en los parches.

Antes de encerrarse a registrar dieron una vuelta de rosca a su sonido. “Cuando conocimos al Tori (Pablo) le metió sus teclas y sonó a otra cosa. No a lo que veníamos tocando. Fue un cambio grande y me voló la cabeza. Nos hizo mejorar y cambiar parte de temas ni bien entró. Le dio mucho a la cuestión armónica. Y tenía razón. Los temas cambiaron. Fue como un quiebre en el sonido. Sacamos eso duro de las dos guitarras. Las teclas le meten un colchón. Lo que el Tori grabó me vuela la cabeza. Me parece genial”.

(Paréntesis en la historia. Matías Monzón, “Mati”, el pibe sencillo que ama la música, que ahora está contento porque se compró una Porta-estudio con la que va a poder grabar mil cosas que tiene en la cabeza, se deshace en elogios para sus pares y amigos. Se exalta al hablar de Litio, ese fugaz violero de Bernal; y dice que ese pequeño tiempo que tocó con él aprendió mucho. Habla casi con idolatría de Tori y sus teclados, sus compasiones lo asombran y sus ideas le revolucionaron la cabeza).

Continuación. El invierno pegó y los estudios Tolosa y Proyect 9 cobijaron a Ámbar hasta bien entrada la primavera. “El proceso de registro fue largo. En primera medida queríamos hacer el disco en vivo, por las cuestiones de improvisación que tienen las canciones de la banda. Y al momento de grabar por pistas, por separado, los temas requieren una estructura. Lo grabamos en vivo en Tolosa para tener esa libertad de grabar, de ir y venir. Hicimos un laburo de (dos) tomas en vivo y después lo corregimos en Proyect 9. Los teclados se los grabó en lo del Tori. Se tardó porque se buscó que suene como queríamos realmente cada uno de nosotros”, recuerda Monzón que habla en tono bajo, pausado y que por momentos da la sensación que tiene vergüenza.

Llegaron las flores, las temperaturas treparon, las noches se hicieron más cortas y los registros prematuros de “El Viajero de las olas” cayeron en las manos de Guille Olivera, quién oficio de ingeniero de sonido. “En lo que es sonido aportó mucho. En eso de doblar las voces, del nivel de las violas, el lugar de cada instrumento y esas cosas. Nos ayudó mucho porque sabe de verdad”.

Entró el 2012 y antes de que se cumpla la profecía Maya, Ámbar parió su segundo disco que fue presentando oficialmente el 11 de Mayo. Y hasta hoy, frío mes de julio, es la única vez que lo tocaron en vivo.

*

La guitarra aparece haciendo movimientos de péndulo. Así arranca “Es un buen día”, tema apertura del disco. La viola se va distorsionando hasta reventar en un solo que va al frente. La bata se suma. La banda se completa y ahí aparece él, la voz: “Miró a través de mi ventana / veo la gente pasar”. Monzón eleva su tono llevándolo a la altura de esa guitarra y dibuja una historia que escribió en su habitación, donde ahora estamos charlando.
-La ventana de la que habla el tema es ésta-, y señala enfrente de su cama, donde está la ventana, donde vio todo el paisaje que tiró en esa canción.
-¿Y por qué ese tema abre el disco?
-Porque es un rock al palo, para que se pudra todo desde el principio-. Sonríe como un niño al terminar de hablar.

Es una historia de amor. Definitivamente, “Ella reía”, segundo tema de “El viajero…”, es una balada romántica. Acerca de la letra, de toda la composición, Mati cuenta (hasta donde puede y debe) que “Fue algo que me pasaba con mi ex novia. La escribí ni bien la conocí. Habla de cosas que me pasaban con ella. Es una historia compleja. Fue un momento copado de conocer a alguien y surgió eso”. Lo que él llama “eso” es uno de los momentos más altos del disco, una gran obra deliciosa para regalarle a esa novia que nos flasheó desde el comienzo y que con la luz de su voz nuestras sombras conquistó.

Hay una marcada tendencia en el disco: el valor de lo instrumental. Gran parte de las composiciones de este trabajo tienen extensos finales sin voz. Cierres de temas en los que la banda transmuta de los Doors a Zeppelin, a la psicodelia de Pink Floyd hasta llegar a su forma natural de Ámbar. Y esa es una forma que se caracteriza por la espontaneidad a la que están abiertas sus canciones, esos tres puntos suspensivos que quedan y dan lugar a zapadas que terminan en grandes cosas, sino escuchen la descollante (¡y colgada!) intro de “Ser”.

Ahora, cuando la conversación está avanzada y ya me acomodé como tres veces en mi silla, surge una pregunta inevitable que tendría que evitar:
-¿Por qué “El Viajero de las Olas” es el título del disco?
- Fue un quiebre en el sonido de la banda. Fue con ese tema que se notó el cambio de bata y la incorporación de las teclas sobre todo. Tori le metió mucho de él a Ámbar desde ese tema. Significó mucho.

“En mi espera el momento ha de llegar / reinventarme en mis ansiadas ilusiones de atardecer”, canta Mati Monzón en “Ilusiones de Atardecer”, track 8. La voz flota sobre un colchón de guitarra y teclas, toma un tono dramático -casi triste- para dar lugar a una ardiente guitarra cargada de distorsión; una guitarra cruda, en carne viva, como esa voz.

-Las ilusiones son como la incertidumbre del día a día. Vos querés una cosa y tenés que luchar por eso que no sabés si vas a conseguir. Sobrellevar las cosas hasta que son como vos querés.
-Hay varias canciones que siguen esa línea. Es como la idea del disco.
-Sí. Creo que es como un modo de ver las cosas o de escribirlas. Bastante optimista. Algunas letras hablan de cosas no muy copadas, pero desde un lado de superación de lo malo, a pesar de todo.

*

La gran mayoría de las canciones que forman “El viajero…” son contemporáneas con las de “Ilumina el tiempo”, primer disco de Ámbar. “Los temas de ahora surgieron de inmediato a comparación de los que grabamos anteriormente. Algunos los veníamos tocando, pero no estaban del todo pulidos”.

“Buscamos eso de tener siempre temas nuevos. Para no cansarnos. De hecho, ya estamos pensando el tercer disco, aunque tranquilos. Primero, queremos tocar”, vomita este pibe de ojos algo hundidos y cara aniñada. “Recién lo estamos craneando”.

Es pronto, es cierto. No hay fecha fijada, ni mucho menos. Pero Mati larga algún que otro bocado y mira su Porta-estudio con los ojos brillosos. Lo miro e imagino que imagina a Ámbar grabando su próximo material ahí, en esa pieza, donde en el rincón está la computadora rodeada de parlantes y un par de consolas que dan de frente a una pared con estantes que rebalsan de discos, donde a un lado tiene la cama prolijamente acomodada, justo enfrente de esa ventana que ve cómo está cayendo el atardecer cuando la cabeza de Matías Monzón se llena de ilusiones.

 




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